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Inteligencia Artificial

Publicado el 29 de Abril de 2021 | Matemáticas


Inteligencia Artificial

La Inteligencia Artificial nos rodea, y ha venido para quedarse, y para ayudarnos. Estamos viendo cómo conseguimos fabricar robots biónicos capaces de caminar, y gracias a esto podemos tener prótesis biónicas, o exoesqueletos, en general, que ayudan a personas con una discapacidad motriz o amputaciones. De momento, casi todos los descubrimientos van en la dirección de ayudar a tareas sencillas, lo que llamamos Inteligencia Artificial “débil”. Es decir, una pierna biónica está diseñada para que puedas caminar muy bien, correr aceptablemente y subir escaleras de forma casi sin tropezar. Es decir, conforme la tarea es menos homogénea, se vuelve más difícil adaptar el sistema informático a ese resultado adaptativo. Nuestro cerebro es un algoritmo potentísimo en eso, en la capacidad de adaptación, y no nos cuesta nada adaptarnos a obstáculos cuando vamos caminando, a cambiar velocidades en cada paso cuando vamos corriendo o subir escaleras o incluso montañas. Para identificar todos esos mecanismos, tendríamos que hablar de Inteligencia Artificial “fuerte”. Y aún no estamos en ese punto.

Tiempo al tiempo, que, igual que ha habido una revolución de la computación desde los años 70, la va a haber ahora con la Inteligencia Artificial. La anterior ya la predijo Gordon E. Moore (cofundador de Intel) con lo que se llamaría Ley de Moore (nombres originales, siempre), y que estableció desde los primeros ordenadores comerciales que cada dos años se duplicaría el número de transistores dentro de un microprocesador. Y la clavó, sino no hablaríamos de él, claro. Esto significa que la computación ha crecido de forma exponencial (en base 2) desde 1970 hasta 2010, una pasada (más que el coronavirus, aunque ya he dicho que de esto ni hablar). La revolución de la Inteligencia Artificial la podemos predecir nosotros aquí en Principia, establecemos la ley de Cremades: desde 2020, cada dos años se duplicará el número de funciones humanas que los algoritmos pueden hacer por nosotros. Vale, no es muy serio especular sobre esto, pero me apetecía tener una ley. Aunque mejor aún un teorema, conste.

El caso, que en 2010 se quedó obsoleta la ley de Moore, con la aparición de la supercomputación, el superhéroe de los informáticos. También era de esperar, con los límites propios de la Física, pues los microprocesadores no pueden ser ya más pequeños, nos iríamos a escalas atómicas. De hecho, también viene ahora la revolución de la computación cuántica, usando propiedades atómicas para computar, con lo que se potenciará el poder de análisis y, por tanto, el poder de solucionar problemas. En computación cuántica estamos en pañales ahora mismo, pero en supercomputación no. La supercomputación no consiste en poner una capa a un ordenador, sino usar diferentes procesadores como uno solo. Vamos, la idea es usar un ordenador como se usa el cerebro: por partes, pero como un todo (que ya sabemos, es más que la suma de las partes). Así, tenemos un pensamiento computacional dividido, como si fuera en cerebro, en diferentes módulos (en cerebro se llamarían lóbulos): una parte que es la memoria, otra que se encarga de procesar información, otra de la toma de decisiones… Es una simplificación, pero esta forma de sumar partes ha acelerado el proceso computacional de forma también exponencial, y la revolución de la Inteligencia Artificial pasa por aquí.

A la supercomputación también se le llama Computación Paralela, y precisamente pasa eso, se ayudan partes a otras, de forma paralela, pero no hay un proceso sináptico, como el cerebro, no sabemos usar esa interacción total, seguimos sin poder simular ese todo. Eso sí, gracias a las imágenes del cerebro (entender el Hardware) y al desarrollo de la informática (empezar a entender el Software) ahora estamos consiguiendo que una persona que no tenía capacidad de visión pueda percibir ciertos colores e imágenes, que una persona sin bravos consiga tocar el piano a través de brazos robóticos o, quizá pronto, conseguir paralizar y ojalá curar enfermedades neurodegenerativas. Todo es cuestión de seguir haciéndonos preguntas, para que, entre todos, el algoritmo de nuestros cerebros unidos consiga dar respuestas. Parece ciencia, pero es ficción, o al revés, mi cerebro ya no sabe qué dice…

Por Santiago García


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